Antes de que sus turrones se agotaran en las ferias de Moquegua, Joyce Pais recorría las calles ofreciendo sus dulces de puerta en puerta. Caminaba desde la calle Ilo hasta la avenida Balta, llevando sus preparaciones a casas de conocidos y clientes que, poco a poco, comenzaron a reconocer su trabajo. No tenía una tienda ni un local propio. Tenía sus recetas, sus manos y una tradición familiar que se negaba a dejar atrás.
La historia comenzó mucho antes, con su abuela Pilar C. de Delgado, una reconocida dulcera que participaba en las antiguas ferias del colegio Simón Bolívar, conocidas como El Gramadal, y también en las celebraciones del Señor de Locumba. Allí preparaba grandes cantidades de dulces tradicionales. Con los años, la buscaban directamente en su casa por sus alfajores de penco, su manjar blanco y su miel. Después, su hija continuó con el oficio y ahora Joyce recoge ese legado.
Hoy, sus turrones son uno de los productos más solicitados. El secreto, asegura, está en respetar las recetas antiguas y no abaratar los ingredientes. Para prepararlos utiliza entre 15 y 18 yemas de huevo, además de una miel elaborada con frutas como piña, higo y naranja, cuyo punto de cocción es fundamental para que se adhiera a la masa sin derramarse. El coco y el maní completan una preparación que conserva el sabor de antaño.
Pero su oferta va mucho más allá de los turrones. Joyce prepara alfajores de manteca, miel y manjar; empanadas de carnaval rellenas de membrillo; cocadas; zango; empanadas fritas de queso y pan de queso, entre otras delicias. En las fiestas de Santa Fortunata, sus dulces vuelven a encontrarse con quienes llegan a Moquegua y reconocen en cada bocado los sabores de su infancia. «Esto hacía mi mamá», le dicen algunos clientes al probarlos.
Su emprendimiento funciona principalmente por pedidos y mediante su página de Facebook. Participar en ferias le ha permitido ampliar su clientela, aunque el trabajo sigue dependiendo de sus propias manos. Con los años, reconoce que preparar grandes cantidades resulta cada vez más agotador. Incluso pensó en retirarse de las ferias, pero sus clientes la buscaron y terminó regresando. Ahora espera transmitir sus conocimientos a sus hijos y nietos para que la tradición no desaparezca.
Joyce sabe que emprender cuesta. Por eso, su consejo para quienes recién empiezan es sencillo: esforzarse y no rendirse, incluso cuando el camino se vuelve difícil. Mientras tanto, ella continúa preparando sus dulces con las mismas recetas que heredó de su familia, convencida de que cambiar los ingredientes sería perder aquello que la distingue. En Moquegua, cada turrón suyo lleva algo más que miel, coco y maní: guarda la memoria de una abuela, el trabajo de una familia y una tradición que todavía tiene mucho por contar.
Relacionadas